Tid  4 dagar 7 timmar 18 minuter

Koordinater 5599

Uploaded den 5 mars 2019

Recorded mars 2019

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160 m
102 m
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15
30
59,25 km

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i närheten av Inari, Lappi (Suomi)

Es la cuarta vez que vengo a Laponia, y la tercera en invierno. Me encanta este sitio. Cualquiera al que le guste la naturaleza (y el frío), aquí se tiene que sentir a gusto a la fuerza. No hay muchas comodidades, eso sí, pero eso es precisamente parte del encanto.

Vengo con un viaje organizado, claro. Aunque está todo bastante controlado y la civilización no está muy lejos en ningún momento, en invierno no suele haber nadie por estas zonas, y puede pasar cualquier cosa.

Hasta ahora las rutas que había hecho recorrían parques naturales (espectaculares), yendo de cabaña en cabaña, pero esta vez la cosa va a ser algo distinta. Es un viaje de apertura, es la primera vez que lo realizan en la agencia, y va a consistir en una travesía con esquís y pulkas por el lago Inari, desde la población de Inari hasta la de Partakko. Como no lo han hecho antes, no saben muy bien cómo va a salir esto, ni si la distancia planteada va a ser demasiado corta o muy larga. Ya lo iremos viendo sobre la marcha.

Antes de empezar ya me espero un viaje diferente a los que he hecho anteriormente en Laponia. Atravesar bosques nevados es una gozada, pero como esta vez voy a ir por en medio de un lago, me imagino que va a ser mucho más monótono. Prefiero tomármelo como algo que tiene un encanto distinto.

Así que aquí estamos, al borde del lago helado. Espero que esté muy helado… Aunque con el frío que hace, no creo que vaya a romperse en ningún momento. Además, vamos a seguir huellas de motonieves, que pesan una barbaridad. Si ellas pasan, nosotros no nos vamos a hundir.

Una de las cosas malas de ir en grupo (hay muchas cosas malas), es que se va al ritmo del más lento. Llevar una pulka no es nada complicado, aunque nunca te hayas puesto unos esquís. En cinco minutos te manejas perfectamente. Pero el viaje es largo, y al final el cansancio se va notando, y el ritmo es cada vez más pausado. Además, la convivencia entre personas que no se conocen no es siempre la más deseable. En fin, lo habitual.

Pero de momento la cosa acaba de empezar y todo va bien. Hace fresquete, pero en movimiento no se nota nada en absoluto. Camiseta, forro y gore, y no es necesario nada más. De vez en cuando paramos a beber o comer algo, y entonces sí que se nota la baja temperatura.

El primer día recorremos poco más de siete kilómetros. No hemos empezado demasiado pronto, y entre unas cosas y otras, no ha dado tiempo a avanzar más. Además, hay que parar como una hora y pico antes de que se ponga el sol, que tampoco lo hace muy tarde, para montar la tienda. Vamos a dormir los nueve en una tienda grande, y montarla es un pequeño jaleo.

El proceso es siempre el mismo. Cuando llega el momento nos acercamos hacia la orilla del lago. Salimos del agua a lo que se nota que es tierra firme, elegimos un sitio adecuado y empezamos a aplanarlo. Con los esquís o las raquetas intentamos nivelar la nieve, aplastándola todo lo que podamos, para que la tienda se asiente bien. Pero por mucho que la prensemos, al montarla siempre se pisa donde no se debe, quedan agujeros y se forman huecos. Al fin y al cabo está todo nevado y es imposible que quede del todo bien, así que al tumbarnos siempre le toca un boquete a alguien.

La diferencia entre dormir en tiendas o en cabañas es abismal. Hasta ahora siempre había dormido en cabañas (sin equipación, pero un lujo), y desde el primer día las echo de menos una barbaridad. Para empezar, hay que detenerse mucho antes de que oscurezca para montarla, con la consiguiente pérdida de tiempo. Además, es un sitio muy incómodo para dormir. Las cabañas tienen o bien literas, o bien un espacio elevado para dormir, una tarima. Sin agujeros… Y todo el mundo tiene sitio para dormir cómodamente. Encajarnos nueve personas en la tienda es un ejercicio de Tetris a diario. Nos montamos unos sobre otros, no cabemos bien… El descanso es bastante complicado.

Por otra parte, eso provoca que no tengamos tanta libertad como si estuviéramos en una cabaña. A la hora de dormir, no hay más remedio que irnos todos al saco a la vez, para encajarnos adecuadamente. Entrar más tarde, con todos ya colocados, habría sido una locura. En la cabaña era posible quedarse fuera, esperar a ver auroras, o hacer cualquier cosa dentro, donde siempre había al menos una mesa, y acostarse en cualquier momento sin molestar a nadie.

Pero así son las cosas, y todo esto ya me lo esperaba, así que me lo tomaba por el lado bueno y procuraba disfrutar de todo.

Si el montaje de la tienda es un lío, desmontarla es otro tanto. Cada día tardamos menos, pero aun así se nos va un buen rato con este tema. Pero nos echamos unas risas, la verdad.

El segundo día empieza mal. El peso lo llevamos repartido entre todos. Se intenta que sea más o menos equitativo, pero hay cosas que pesan más. Hay esquís de repuesto, gasolina para cocinar, la tienda… Luego está la comida y el equipo de cada uno, aparte del equipaje personal. El guía y su acompañante llevan algo más de peso, y como el guía me conoce de sobra y sabe que siempre colaboro en todo sin quejarme, qué majete soy, también me da algo más y acarreo con la tienda. En realidad en la pulka el peso se lleva más que bien, y no hay mucha diferencia entre un poco más o un poco menos.

El caso es que a la hora de distribuir la comida hay una bolsa que se queda en el suelo sin que nadie la coja, y aunque yo ya sospecho de quién es, humm, aquí todo el mundo se hace el longui y la bolsa se queda allí. Es otra de las cosas que tiene de malo viajar en grupo con gente a la que no conoces. Siempre hay algún cara que se escaquea todo lo que puede, sobre todo en viajes como este, donde se supone colaboración por parte de todos.

Al final agarro la bolsa y la embuto en mi pulka. Y cuando empiezo a avanzar, noto que el peso que llevo es enorme y que me cuesta muchísimo avanzar. Estoy muy poco espabilado, tengo que reconocerlo, porque no es la primera vez que llevo pulkas, y tendría que habeme olido qué pasa, pero me encisco con la dichosa bolsa. Una bolsa más o menos no supone ninguna diferencia de peso apreciable, pero yo atribuyo el problema a eso y a nada más.

Estoy una media hora o tres cuartos sufriendo como nunca arrastrando aquello. Voy quedándome atrás y me empiezo a cabrear cosa mala. Lo estoy pasando tan mal que hasta pienso en darme la vuelta, porque voy a ser incapaz de seguir así varios días más.

Viendo los problemas que tengo, un compañero se ofrece a cambiar su pulka conmigo. En cuanto me engancho a la suya casi salgo volando de lo ligera que es. En cambio, él no es capaz de mover la mía. Ahí me doy cuenta por fin de que algo le pasa. Más vale tarde que nunca. Le doy la vuelta y veo que una cuerda que cuelga se ha metido por debajo y va arrastrando por la panza de la pulka. Eso es lo mismo que llevar un ancla.

Bueno, asunto solucionado, aunque me siento bastante tonto. Tendría que haberme sido evidente desde el principio que pasaba algo raro que no tenía que ver con la dichosa bolsa. Eso sí, tengo que estar hecho un mulo si he sido capaz de llevar tanto rato la pulka de ese modo.

Ahora la cosa ya va mucho mejor, y el día transcurre sin mayores incidentes. Eso sí, recorrimos menos distancia que el día anterior, a pesar de estar más tiempo en movimiento.

Acampamos junto a una elevación (una isla, realmente) sagrada para los inuit.

Al día siguiente intentamos ponernos las pilas, porque llevamos un poco de retraso y Partakko queda muy lejos aún. Esta vez conseguimos recorrer más distancia, pero no avanzamos demasiado. Hay un pequeño despiste en un cartel indicador y tiramos en la dirección equivocada, así que en un momento dado nos tenemos que dar la vuelta y desandar el camino. Perdemos unos cuatro kilómetros. La ruta está balizada con finas estacas, pero a veces hay bastante niebla y no se ve bien del todo.

El día siguiente sí conseguimos avanzar más distancia. La sensación es extraña. El paisaje es prácticamente blanco. Solo a lo lejos se ve una línea de árboles más oscura que rompe la monotonía, pero es inevitable tener la sensación de que no nos movemos del sitio. Por mucho que andemos, es como si no vayamos a llegar nunca a ninguna parte. Consulto el gps solo por estar seguro de ir recorriendo alguna distancia.

Último campamento. Mañana hay que llegar sí o sí. Ayer recorrimos unos doce kilómetros, y hoy hay que hacer veintitrés. Va a ser complicado. Contamos con la ventaja de que podemos andar más, porque esta noche dormimos en cabaña y no hay que parar antes a montar la tienda, pero lo que está claro es que vamos a llegar de noche cerrada, y que va a hacer mucho frío. En general no se nota mucho. Durante el día, en movimiento, se lleva bien, aparte de los momentos de parar a comer, en los que se siente más. Cuando paramos por la noche, casi no salimos de la tienda, y con los hormillos de gasolina con los que cocinamos se calienta enseguida.

Nos levantamos más temprano y salimos cuanto antes. Se nota que vamos a llegar a una población, porque nos adelanta alguna moto de nieve, que por lo menos nos abre algo de huella. Estos días pasados no hemos tenido ninguna y ha habido que abrirla.

Avanza el día. Queda muchísimo camino y la luz empieza a disminuir. Da la sensación de que estamos entrando en un golfo. Al fondo, allá lejotes, parece que se ve la línea de árboles cerrándose. Pero por más que pasa el tiempo, no tenemos la sensación de acercarnos a ella. Por la izquierda estamos más cerca del borde del lago, y de vez en cuando se ve un coche pasando por la carretera de la costa.

Va oscureciendo, y se empiezan a ver luces de cabañas o de casas del pueblo, que está muy desperdigado, como todo por aquí. Pero todavía queda mucho para llegar, y el frío empieza a apretar. Para colmo, se me apaga el frontal justo ahora, y no estoy como para ponerme a buscar otras pilas. Quitarse las manoplas ahora puede ser un problema, y con las luces de los demás se puede ir bien. Debemos de estar a menos de treinta bajo cero.

No estoy preocupado, porque se ve que estamos llegando a alguna parte, pero tengo unas ganas locas de meterme en la sauna de la cabaña. Pierdo un poco la noción del tiempo. Siempre tengo la sensación de que ya casi hemos llegado a los árboles, pero nunca lo hacemos de verdad.

Al cabo de una eternidad avanzando, por fin estamos en una pequeña ensenada. Hemos llegado a Partakko, y lo que es mejor, ha venido a buscarnos el dueño de la cabaña con una linterna, para indicarnos por dónde salir del lago. La cabaña está cerca de la orilla y llegamos enseguida.

A la sauna de cabeza, a calentarse…

El viaje es duro. El frío y la falta de comodidades van pasando factura a lo largo de los días. Pero si te va todo esto, se disfruta muchísimo. Eso sí, el día a día es mucho menos variado que yendo por los bosques, y las horas eternas avanzando entre el blanco de la nieve y el blanco del cielo puede resultar mentalmente agotador. Pero anima pensar que al final siempre se llega a una sauna.
Crossroads

Atajo

vindskydd

Cuarto campamento

Cuarto campamento
stuga

Inari

stuga

Partakko

Partakko
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Primer campamento

Primer campamento
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Segundo campamento

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Tercer campamento

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